Capítulo 1 — La mujer de un día de otoño - 1 (1)
827 palabras · ◷ 0
Aquel sendero asomaba tímidamente hacia la carretera principal. De pronto, sentí curiosidad por él. Una curiosidad simple: ¿adónde llevará el final de este sendero?
Entré por el sendero. Era estrecho, y a ambos lados crecía una espesa maraña de vegetación. Las hojas, apenas comenzando a teñirse de otoño, mostraban tonos rojizos y amarillentos, susurrando la llegada de la estación.
Caminé unos diez minutos. De repente, apareció una pequeña explanada, como si hubieran talado docenas de árboles para abrir espacio, y en medio, un edificio de hormigón que apenas escapaba a ser una ruina.
Sobre el edificio colgaba un cartel que decía "Fideos". No parecía un cartel fabricado por una empresa de publicidad, sino escrito a mano. La torpe caligrafía lo delataba.
Empujé la puerta metálica, descolorida por el sol, y al entrar me encontré con una sala de unos veinte metros cuadrados. Solo unas tres mesas indicaban que aquel lugar era un restaurante.
En el centro de las mesas había una estufa, que parecía haber sido instalada el año anterior y, por pereza del dueño, no había sido retirada durante la primavera ni el verano. Era diminuta, apenas del tamaño de un balón de rugby.
Me senté en una silla y miré alrededor. No había adornos. Ni siquiera el cartel típico de una marca de soju que suelen colgar los restaurantes.
Las paredes, pintadas de blanco, estaban cubiertas de grafitis. El dueño debió pintarlas de blanco precisamente para eso. Pero en medio de los garabatos, dos hojas de papel estaban pegadas: el menú.
En una hoja decía "Fideos HoHo", y en la otra, "Fideos Simples". Los Fideos Simples serían, como su nombre indica, fideos corrientes. Pero Fideos HoHo… no tenía ni idea de qué podrían ser.
Poco después, una pequeña puerta en una esquina de la sala se abrió y entró un hombre. El dueño del lugar. Llevaba pantalones con tirantes y botas altas de goma. Era enorme, de complexión descomunal, con una barriga tan prominente que parecía a punto de desbordarse.
Tenía una pipa de tabaco en la boca. El contraste entre su corpachón y aquella estufa minúscula creaba una extraña armonía. Una desproporción que, de algún modo, me resultó entrañable.
—¿Vienes a comer fideos?
El hombre me habló sin formalidades, en tono coloquial. Esa familiaridad también me resultó cálida.
—Sí, por favor, uno HoHo.
—A los que vienen solos no les vendo HoHo. Toma uno simple.
No tuve más remedio que conformarme con los fideos simples.
—¿Cuánto es?
—Dos mil won.
—¿Qué? ¿Por qué tan caro? El jajangmyeon ni siquiera cuesta mil...
—Los HoHo son baratos... cuestan mil...
Pagué el fideo y, junto a la pared, escribí un grafiti.
"Maldita sea, no venden los HoHo, la estufa es más pequeña que una pelota de hierro, el dueño es más grande que un gorila, pero igual volveré."
Dejando ese mensaje, regresé al sendero. Caminé otros diez minutos. Entonces, algo llamó mi atención: un pequeño cartel pegado al tronco de un árbol junto al sendero.
En él, con una caligrafía delicada, ponía "Café Ribereño". Debajo, una flecha indicaba: "Solo 500 metros más". La elegancia de la letra y la elección de palabras dejaban claro al instante que quien lo había escrito era una mujer.
—Así que el final de este sendero es un café regentado por una mujer… No está mal…
Murmuré para mí mientras comenzaba a caminar los quinientos metros.
Cuando me faltaban unos treinta o cuarenta metros, vi algo entre los árboles. Me acerqué. Era el edificio del Café Ribereño. Una construcción de madera, pequeña y acogedora.
—Un café junto al río, en medio del bosque…
Mientras murmuraba, un sonido suave rozó mis oídos. Era la melodía del Humoresque para violín.
El Humoresque es una forma musical instrumental, pero el número 7 de Dvořák es tan famoso que mucha gente cree que Humoresque es simplemente el título de una pieza suya. Originalmente fue compuesta para piano, pero su versión para violín es especialmente hermosa.
Tanto me impresionó aquella sensación ese día, que aún hoy uso el Humoresque como tono de llamada en mi teléfono.
El jardín del Café Ribereño estaba cubierto de césped, y rodeado por árboles frondosos de especies desconocidas. Bajo los árboles había mesas, y en uno de los troncos colgaba un altavoz. De allí salía la música: el Humoresque.
Estaba sentado en una mesa cualquiera, mirando a mi alrededor, cuando una mujer se acercó a mí.
—¿Le sirvo un café?
—¿No tiene otro tipo de té?
—En casa solo tenemos café y leche…
—Está bien… sí, por favor, café.
Pero su rostro, su expresión, no me era desconocida. Era una cara que había visto muchas veces, una que había imaginado incontables veces en mi mente. Sin embargo, no lograba recordar cuándo ni dónde la había visto. Solo estaba seguro de una cosa: fue en otoño. Su rostro exhalaba el aroma del otoño con una intensidad casi palpable.
Para intentar revivir ese recuerdo, le hablé.