Capítulo 1 — Mi experiencia fetichista - Parte 1 (1)
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Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y hechos son producto de la imaginación del autor. Todos los personajes son adultos mayores de 18 años.
Sentía que alguien la seguía. Una sensación persistente, como si una presencia invisible caminara tras sus pasos. En una mano llevaba algo; por intuición, presagiaba que era una cámara digital.
¿Por cuánto tiempo había caminado ya? No soportaba más la curiosidad. Necesitaba saber quién era ese hombre.
Giró bruscamente por un callejón estrecho, dobló la esquina y se escondió tras la entrada de una casa ajena.
Tac, tac, tac…
Escuchó pasos apresurados. Unos segundos después, su figura apareció al otro lado de la verja.
Miró alrededor con nerviosismo, luego soltó un suspiro.
Mientras observaba hacia adelante con expresión decepcionada, se acercó en silencio, pisando con cuidado.
Él, como si hubiera perdido toda intención de seguir adelante, giró lentamente la cabeza para regresar.
Fue entonces cuando sus ojos se encontraron.
Los ojos de él se abrieron como platos. El pánico se apoderó de su rostro, como si hubiera sido sorprendido en pleno delito.
Sí, tal como había intuido, sostenía una cámara digital en una mano.
Su expresión de desconcierto le dio fuerzas. Avanzó decididamente hacia él.
—Oiga. ¿Qué está haciendo? ¿Por qué me estaba fotografiando?
Palideció por completo, incapaz de articular palabra.
—Es que… yo… lo siento.
—¿No sabe que es ilegal tomar fotos a alguien sin su permiso?
—Lo siento mucho, señorita. Por favor, hágame un favor, olvídese de esto.
—¿Olvidar? ¿Y si fuera usted, cómo se sentiría?
—……………
Su total sumisión le dio más coraje.
—Oiga, ¿es usted un pervertido o qué?
—¡No, no! No es eso… Es que usted es tan hermosa que solo quería guardar una imagen suya.
—¿Cuántas fotos me ha tomado? ¿Cuántas?
Su voz resonó más fuerte. Gente que pasaba por allí los miró de reojo.
Concurrida la calle, él parecía aún más encogido.
Insistió sin piedad.
—¿Para qué quería esas fotos? ¿A cuántas mujeres más ha fotografiado?
Su respuesta la dejó helada: llevaba tres días seguidos fotografiándola.
¿Cómo no se había dado cuenta? No era precisamente despistada.
Admitió que se había sentido atraído por su falda corta. Y aún más, confesó, por sus piernas cubiertas con medias de seda.
Le indignó… pero al mismo tiempo, ver a otro lobo más cayendo rendido ante su belleza hizo que sus hombros se elevaran con orgullo.
—Uf, otra vez ese complejo de princesa.
Pensó eso para sus adentros, pero aun así le lanzó una advertencia.
—Mire, no lo haga más. Si lo vuelvo a pillar, llamo a la policía. Ahora, deme su número. Solo por si acaso. No se asuste.
Con manos temblorosas, rebuscó en su bolsillo y le entregó un pequeño trozo de papel. Era una tarjeta de presentación.
En el acto, marcó el número que figuraba en ella. El timbre de su teléfono sonó desde sus pantalones.
—Sí, es correcto.
dijo con frialdad y se dio la vuelta.
Fue a encontrarse con sus amigas. Charlando sin parar, como siempre. A veces piensa que aunque se vieran todos los días, nunca se les acabarían las cosas que decir. Y ella, siendo mujer, aún así le sorprende.
Les contó lo sucedido durante el día. Todas aplaudieron, riendo a carcajadas.
—¿En serio? ¿Todavía no sabías eso?
—¿Qué cosa?
Prestó atención, intrigada.
—Los hombres… toman fotos de las piernas de las mujeres y luego en casa se masturban mirándolas.
—¿Qué?
No podía creer lo que oía.
—Uno que tuve antes era así. Cuando le hacía una paja con los pies con medias puestas, se volvía loco.
No pudo evitar reírse. ¿Cómo alguien podía masturbar a un hombre con los pies?
Pero mientras escuchaba más, empezó a entenderlo.
Metían el pie, con media, dentro del calzoncillo del hombre. Con la planta del pie acariciaban el glande. Decían que eso los volvía locos.
Colocar el pene entre las plantas de los pies, frotar el glande con la suavidad de la media… y el fetichismo del pie hacía que llegaran al orgasmo enseguida.
Y los que disfrutaban de eso, no tardaban en llenar las plantas de sus pies con semen blanco y caliente.
Al oír aquello, algo en su interior se encendió. Empezó a desear hacerlo. Quería probarlo.
Imaginar el pene de un hombre entre sus pies, frotándolo arriba y abajo… ¿No sentiría una extraña sensación de superioridad al verlo gemir?
Quería experimentar hasta dónde podía llegar el placer del fetichismo.
Rebuscó en su bolso y sacó la tarjeta que había recibido de ese hombre durante el día.
En cuanto la miró, algo en su interior se despertó.
Tomó el teléfono y marcó su número.