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Volver al relatoLa prohibición sobre la órbita - Episodio 1: El intruso de la línea 2Cap. 2 / 2

Capítulo 2 — La prohibición sobre la órbita - Episodio 1: El intruso de la línea 2 (2)

712 palabras · ◷ 0

Detrás de Jenny Han, el hombre llamado Paul Park sentía los latidos de su corazón golpear con tanta fuerza en sus oídos que parecía que iban a estallar. Él no era lo que se dice un"lince". Solo un empleado de oficina común, y que hubiera subido a este train car especialmente abarrotado hoy no era más que una coincidencia. Pero en el instante en que vio la suave nuca blanca de Jenny Han y la curva sutil de sus nalgas sobre el pantalón de vestir, su razón quedó paralizada.

Al principio fue un verdadero accidente. Cuando el tren se sacudió, el dorso de su mano rozó levemente su trasero. Paul Park se sobresaltó y trató de retirar la mano de inmediato, pero Jenny Han no mostró ninguna reacción. Más bien, se hundió aún más en el pecho de su marido, que estaba frente a ella.

—¿No se enoja? ¿Acaso no se da cuenta?

Una extraña valentía, hasta entonces reprimida, brotó dentro de Paul Park.

Tragó saliva con dificultad y extendió los dedos una vez más. Esta vez no fue un simple roce: lentamente, muy lentamente, deslizó la yema de los dedos siguiendo la línea de su cadera.

Sus dedos temblaron ligeramente. En su interior, el miedo de que si lo descubrían su vida se acabaría, se mezclaba con una extraña sensación de conquista al estar tocando a esta hermosa mujer a espaldas de su marido.

Jenny Han sintió claramente la vibración tras ella. Podía percibir que la mano que la tocaba no era hábil, que su dueño también estaba asustado.

—Esta persona... no es un delincuente profesional.

Su cuerpo, antes tenso, se relajó apenas un poco.

Una vaga sensación de alivio la invadió: no era alguien lo suficientemente audaz como para blandir un cuchillo o arrastrarla a la fuerza. Solo un ser miserable que anhelaba una breve escapada en este subway caótico. Así se convenció a sí misma.

—Aguantaré un poco más. Este hombre también tiene miedo. Pronto se detendrá.

Pero la suposición de Jenny Han estaba equivocada. Al no ver resistencia por parte de ella, Paul Park interpretó su silencio como una autorización tácita, o incluso como una provocación.

Su respiración se volvió más pesada. Ya no le bastaba con el leve estímulo de sus dedos.

Con cuidado, presionó contra el surco entre las nalgas de Jenny Han la dura protuberancia que se había formado en su bragueta.

—Ummm...

Jenny Han frotó inconscientemente su rostro contra el pecho de David Lee.

Sentía a través de dos finas capas de tela la presión caliente y firme de un extraño. Paul Park, temeroso de ser descubierto, no se atrevía a moverse bruscamente, así que mantenía su cuerpo pegado al de ella, inmóvil. Cada sacudida del tren hacía que esa presión aplastara el punto más íntimo de Jenny Han. Él cerró los ojos, embriagado por el suave aroma que emanaba de la piel de ella.

Entonces, muy lentamente, como si simplemente siguiera el vaivén del tren, comenzó a mover suavemente la pelvis hacia adelante y hacia atrás. No era un experto, así que sus movimientos no eran groseros; al contrario, esa timidez en el roce estimulaba aún más los nervios de Jenny Han. La parte baja de su cuerpo se humedeció.

David Lee, justo frente a ella, le daba palmaditas en el hombro mientras miraba por la ventana para confirmar el nombre de la station.

—Jenny Han, quedan cinco paradas. Ya casi llegamos.

Cada vez que escuchaba la voz cariñosa de David Lee, la sensación de traición en Jenny Han alcanzaba niveles extremos. Él se esforzaba por protegerla, y ella estaba aceptando con todo su cuerpo la temblorosa seducción de un hombre desconocido a sus espaldas.

El miedo a estar siendo víctima de un delito había desaparecido sin dejar rastro. Ahora, el deseo crudo y sin filtros que transmitía aquel hombre torpe devoraba lentamente la razón de Jenny Han.

Paul Park ahora agarró con fuerza la cintura de Jenny Han con ambas manos. Luego, empujó aún más, hundiéndose profundamente entre sus nalgas como si quisiera clavarse en ella.

Jenny Han mordió con los labios la corbata de David Lee para contener un gemido. Este contacto tan precario ya no era solo acoso sexual: se había convertido en una conversación secreta, íntima, entre dos extraños.

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