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Volver al relatoLa llama del odio que no se apagaCap. 1 / 1

Capítulo 1 — La llama del odio que no se apaga

681 palabras · ◷ 0

Cada vez que lo recordaba, de sus labios brotaba solo una frase: «Esa maldita perra». En dialecto de Jeolla, «maldita perra» no solo significaba «una mujer que merece pudrirse y morir», sino que llevaba consigo un odio profundo, denso, inextinguible.

No era simplemente la traición lo que lo hacía odiarla tanto. Era la humillación. El recuerdo de haber sido interceptado por ese chico al que trataba como a un hermano menor. (Interceptar: en baloncesto, la técnica de cortar el pase del adversario.)

Fue con esa misma técnica que aquel muchacho le robó a su mujer.

Claro que podía haber descargado su ira contra el chico. Pero él creía firmemente que toda la culpa recaía sobre esa maldita perra.

Antes ya había salido con ella y con sus amigos, y en más de una ocasión la había visto, mientras él estaba borracho y sin darse cuenta, bailando entre los brazos de otros hombres, coqueteando descaradamente.

Él tenía la costumbre de desmayarse dormido en cualquier lugar apenas tomaba unas copas. Ella, en cambio, era incorruptible ante el alcohol: un botellín de soju de un trago, y ni siquiera parpadeaba.

La conoció en el taller. Él dirigía una pequeña fábrica con unos cuantos empleados.

Entre ellos, esa maldita perra destacaba especialmente: rápida, astuta, siempre dos pasos adelante. Mientras las demás empleadas hacían uno y medio, ella hacía el doble. Por eso le subió el salario, le dio bonificaciones en secreto, cuidó de ella.

Al principio, todo se mantuvo dentro de los límites de una relación jefe-empleado. Hasta que murió su madre.

Tuvo que ausentarse del taller para organizar el funeral, y ella, como si supiera aprovechar el momento, trabajó día y noche sin descanso. Fue incluso al velatorio, asumiendo tareas menores, sirviendo té, limpiando, consolando a los familiares.

Sus parientes no dejaron de alabarla, especialmente por quedarse despierta toda la noche hasta el entierro. Él también guardó ese gesto en su corazón. Tras el funeral, le regaló algo pequeño, un detalle.

Un día, ella le dijo:

—Cierra los ojos.

Cuando obedeció, ella le dio un beso ligero en los labios. En ese instante, algo prendió fuego en su pecho.

A partir de entonces, su relación se aceleró sin freno. Oficina, taller, almacén, incluso después del trabajo, en moteles: a espaldas de su esposa, se encontraba con ella, entregándose al placer ardiente que hacía tiempo no sentía.

El cuerpo de esa perra era codicioso, insaciable. Con el alcohol, se volvía aún más atrevida, y su arte para devorar su cuerpo mejoraba cada vez más.

Pero toda relación acaba agrietándose.

Ella empezó a comportarse con arrogancia en la fábrica. Usaba el hecho de ser la amante del jefe para maltratar a otros empleados, y si alguien no le gustaba, intentaba despedirlo.

Su esposa finalmente descubrió todo. Le dio un ultimátum: divorcio o despedir a esa mujer.

Él terminó despidiéndola. Pero la relación no acabó. A espaldas de su esposa, seguía viéndola, prestándole dinero, mezclando sus cuerpos en moteles.

Y entonces llegó la traición definitiva. Mientras él estaba fuera por negocios, ella entabló una relación con el joven empleado al que él trataba como a un hermano menor.

Él lo sabía. Pero hizo como si no. Y ella, cada vez más descarada, mantenía relaciones con ambos al mismo tiempo.

Cuando él llamaba preguntando: «¿Dónde estás ahora?», y descubría que estaba con el otro, fingía inocencia, sonreía y decía: «Apúrate, ven rápido».

Él vagaba esa noche, ebrio, cerca de la casa de ella.

La vio bajar tambaleante de un taxi. Se desplomó en el suelo. Sus pantalones estaban húmedos, la cremallera abierta, la ropa interior rasgada. Huellas claras de haber sido violada por el taxista o por algún hombre que compartió el viaje.

Él, al ver aquello, en vez de ayudarla o llevarla a casa en el taxi, la metió en un motel. Y allí, por última vez, devoró su cuerpo.

—Ya no pensemos más en esto —canturreó.

Pero en lo más profundo de su alma, la imagen de esa «maldita perra» seguía ardiendo.

Un odio que no termina. Y un amargo deseo que tampoco se apaga...

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