Capítulo 1 — En una noche de lluvia otoñal
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Capítulo 1 — En una noche de lluvia otoñal
Una llovizna insistente, que anuncia el otoño, cae suavemente sobre la ciudad en una tarde tardía. Bip... bip... El timbre del móvil suena con insistencia.
Bajo el volumen de la televisión, cojo el teléfono y miro el reloj: acaba de pasar la medianoche.
Pienso que será mi mujer y, acercándomelo al oído, digo: "¿Sí?"
—Hola, cariño.
No es mi mujer.
Es Emma Lee, dueña y señora del café Okhwa.
—¡Ah! Pensé que era mi esposa...
—Cariño... ¿Te molesta que te llame?
—¿Molestarme? ¿Qué pasa? Es tarde...
—¿Puedes venir ahora?
—¿Ahora?
—¡Sí! ¡Ahora!
—¿No tienes clientes?
—No. Ninguno. Ni uno solo...
—Vaya...
—Ven rápido. Te prepararé la mesa para beber... Te extraño...
—Anda ya... ¿Extrañarme tú?
—Cariño... ven rápido...
La llamada termina. Subo el volumen de la tele.
El corazón me late con fuerza.
—Y encima llama así, sin más...
Murmuro mientras enciendo un cigarrillo. El humo picante me araña la garganta.
Exhalo una bocanada blanca y me levanto.
Como traigo puesto un chándal ligero, salgo directamente así.
Enciendo una pequeña lámpara en el pasillo, arrastro las zapatillas y salgo a la calle.
La lluvia cae con más intensidad de lo que pensaba.
Dudo si coger un paraguas, pero justo pasa un taxi libre y subo.
A través de la ventanilla, las farolas se difuminan en la neblina.
Al bajar del coche, tras la cortina de agua, veo frente a mí las letras rojas:
"Café Okhwa"
Bajo por la escalera oscura del sótano y empujo la puerta.
Huele a ambiente cerrado, a subsuelo.
La luz tenue y apagada le da al interior un aire triste, casi miserable.
—¡Cariño!
—¿Estás sola?
—Sí... Le dije a Sarah Park que se fuera.
—¿No vas a atender a nadie?
—Si no quiero, pues no...
—Ven por aquí.
—...
Pasa junto a mí, rozándome, y entra hacia el fondo.
Un cenicero lleno de colillas muestra que ha estado fumando sola un buen rato.
Me siento y enciendo la tele con el mando.
—¿Para qué pones eso?
—Nada... Por poner algo...
Pone varias botellas de cerveza, un puñado de cacahuetes y dos vasos de cristal sobre la mesa, luego se dirige al mostrador.
Al instante, una canción antigua brota de los altavoces: La estación olvidada, con un eco melancólico.
Apaga la tele y me ofrece un vaso.
Chocamos los vasos con un sonido claro, bebemos un trago largo de cerveza fría.
El frescor baja hasta el fondo del pecho.
—Cariño.
—...
En vez de responder, la miro fijamente.
Su maquillaje leve deja entrever algunas arrugas, pero incluso eso resulta hermoso.
Tiene apenas cuarenta y cinco años, pero esta noche parece más joven.
—Cariño.
—¿Eh? ¿Qué?
—¿Por qué me miras así como idiota?
—Pues... porque estás preciosa... Je, je.
—Bah... ¿Preciosa? Parece que soy una vieja abuela...
—Ya estás con eso... ¿Abuela? Nada de eso.
—¿No soy una abuela acaso?
—No digas tonterías. Para una mujer, ahora es la mejor edad. La edad de oro.
—Ja, ja... ¿Edad de oro? ¡Qué dices!
—Sirve más cerveza. A mí me pareces una jovencita.
—Gracias... Incluirme entre las jovencitas siendo un viejo como yo...
Llena mi vaso hasta el borde.
—Oye, ¿y esto tenía algún motivo?
—¿Tiene que haber un motivo obligatoriamente?
—No... No es eso...
—Simplemente... te echaba de menos, quería beber contigo...
—...
Nuestras miradas se cruzan en silencio.
Evito sus ojos, me levanto y me alejo.
Su espalda es ancha, opulenta.
La espalda y la cintura casi iguales, las nalgas gruesas, rebosantes.
Al verla caminar, balanceando ese trasero, no puedo evitar sonreír.
De pronto, todo se oscurece.
Solo sobre mi asiento se enciende una luz roja.
Ella regresa con más botellas de cerveza en la mano.
—Cariño, ¿cuándo viene tu esposa?
—¿Mi esposa? Es mi cuñada...
—¿Cuñada? Si ni siquiera la he visto...
—Je, je.
—Ni idea. Vendrá cuando tenga que venir...
—Señora Lee, ¿de verdad no hay ningún motivo?
—Sí... Pues no. Solo quería beber. Y deja de decirme "señora"...
Se enfurruña al oír "señora".
—Ay, qué sensible eres...
—¡Me emocioné!... En una noche de lluvia otoñal, con el amante que amo...
—Uy, uy... qué descaro... Ja, ja.
Ríe con dulzura y me tiende un vaso.
—Toma, bébelo de un trago... En una noche de lluvia otoñal...
Bebo el vaso de un tirón y se lo devuelvo.
—Ahora dame a mí. Este brindis es como el hapwanju (copa compartida).
—Ja, ja...
—Ven aquí. Sentémonos juntos y bebamos hasta emborracharnos.
Sin decir palabra, empuja su vaso hacia mí, vuelve y se sienta a mi izquierda, pegando su cadera contra la mía.
Enciende dos cigarrillos a la vez, uno me lo pone en la boca, y ella exhala una larga y blanca voluta.
Hay algo de tristeza en su rostro.
El alcohol empieza a hacer efecto; noto calor en la cara.
Le rodeo el cuello con el brazo izquierdo y la atraigo hacia mí.
Ella tira su cigarrillo al cenicero como yo, vacía su vaso de un trago.
—Mi aperitivo...
Me rodea el cuello con ambos brazos y me besa con fuerza en los labios.
Luego, con destreza, su mano izquierda baja por mi abdomen, se cuela bajo los pantalones y los calzoncillos, y agarra mi pene aún flácido.
—Ay, mi pequeño todavía está durmiendo...
Sus manos frías lo masajean, y poco a poco va despertándose, asiente.
—A ver... Veamos por cuántos agujeros ha entrado hoy. Tengo que saber con qué trabajo.
Dice mientras saco mi pene fuera del pantalón y bajo la cabeza.
—Hoy no me he limpiado todavía...
—Bah, preocupaciones...
Murmuro, y enseguida se lo mete en la boca.
Su lengua caliente envuelve la punta y comienza a chupar.
Me hace cosquillas, luego un cosquilleo más intenso.
Con la mano izquierda le acaricio la espalda, con la derecha bajo por su cuello hasta el pecho.
La camisa fina tiene el escote profundo, y mis dedos tocan al instante la blanda redondez de su seno.
Al adentrarme más, siento el sujetador, apenas cubriendo la mitad de sus grandes pechos caídos.
En el delicado encaje del borde, el pezón asoma ligeramente.
Es su zona erógena más sensible.
Los pezones, más grandes que cerezas, como ciruelas pequeñas, los toco con el dedo.
Se encoge de hombros y emite un gruñido desde la ingle.
Cuando los aprieto con dos dedos y los retuerzo, saca la boca de mi pene, se levanta.
—Cariño, ¿vamos a la habitación?
—¿Habitación ni qué ocho cuartos? O me lo chupas aquí o me quitas la ropa...
Agito el pecho que sostenía, burlón.
—Vayamos a la habitación.
—No. A la habitación más tarde.
Al seguir retorciéndole los pezones, se quita la camisa de un tirón.
Antes de que retire mis manos, gira los brazos atrás, desabrocha el sujetador y lo tira.
Sus pechos abundantes, casi cayéndose, ondean bajo la luz roja.
Deja la falda arrugada sobre las rodillas,
me atrae la cara, y como si diera pecho a un bebé, con una mano sostiene el pecho y me mete el pezón negro en la boca abierta.
Luego apoya la cabeza y me mira desde arriba.
Chupo el pezón, ya algo endurecido, y lo rodeo con la punta de la lengua. Sus piernas tiemblan.
—¡Uy, qué bueno!
Sale sin filtro su acento del sur.
—Ay, cariño, un poquito más suave. Me haces daño...
—Sí... eh... vale...
—¡Ay, me vuelves loca...! Eh... cariño... vamos rápido a la habitación. ¿Sí?
—Chup, chup, chup...
—¡Ay, qué bueno, ay, qué bueno!
Aplasta sus pechos con ambas manos, los amasa como si quisiera exprimirme leche en la boca.
—Cariño, me estoy mojando entre las piernas.
—Humm... humm... ah...
Si este lugar no fuera un espacio cerrado, si no fuera un apartamento doméstico sin aislamiento acústico, los vecinos no podrían dormir.
Le levanto la falda, meto la mano, toco su sexo sobre los calzoncillos: están completamente empapados, chorreando líquido vaginal.
Acabo de tocarla sobre la tela mojada.
Sus piernas se separan más, baja la postura.
—Ugh... ugh...
—Ay, me muero de ganas de follar...
—Cariño... cariño... sálvame...
Me presiona la cara contra sus pechos con tanta fuerza que no puedo respirar, ni chupar el pezón.
Tiro ligeramente del dobladillo de la falda, y como si hubiera estado esperando, rápidamente baja falda y bragas con ambas manos.
Por fin mi cabeza queda libre, puedo recuperar el aliento.
Dejo el pezón y bajo.
La grasa abdominal doblada se mueve al caminar.
Bajo más, y cuando mi barbilla toca el vello púbico, huele agradablemente por la nariz.
Debe de haberse bañado antes de que llegara, y hasta se ha puesto una gota de su perfume favorito.
Tengo vello púbico por todos lados, en los labios, en la punta de la nariz.
El vello de Emma Lee es largo y muy abundante.
Aparto el vello con la punta de la lengua, entro entre los labios vaginales, y ella tiembla.
—Cariño... ahí... sí, ahí... uh... hum.
—Ah... um... sí... uh...
Esta vez me presiona la cabeza con ambas manos.
El clítoris (botón) que toca mi lengua es tan grande como el pezón de un hombre.
Cuando lo cojo con los labios y chupo haciendo ruido, ella casi se desmaya.
—Ah... dios... cariño... a... ay...
—Hum... hum... jeh... uh.
—A... a... uh... uh...
—Cariño... más... abajo...
Introduzco dos dedos juntos en el orificio chorreante. Gotea líquido vaginal.
La palma de mi mano se llena de flujo que corre.
—Ja... ja... ja.
—Ca... cariño... me... gusta...
Salta literalmente, abrazando fuerte mi cabeza.
La vagina de Emma Lee es más grande que la de otras mujeres.
Podría caber fácilmente el puño de un bebé de cuatro años.
Añado otro dedo dentro del agujero y sigo chupando el clítoris. Al fin alcanza el primer orgasmo.
—Uh... hum... hum... uh...
—Ca... cariño... yo... qué hago...
El tipo con la nariz metida en la vagina podría ahogarse, pero ella sigue tirando de mi cabeza con todas sus fuerzas, revolviéndose, temblando.
Sacude las nalgas adelante y atrás...
Cuando el forcejeo y el temblor llegan al punto máximo, deja de respirar.
Las palabras murmuradas, los gemidos guturales, todo se detiene.
Entonces, entre mis dedos aún dentro de su vagina, fluye un líquido tibio.
Se detiene, fluye, se detiene otra vez...
Como en esos vídeos porno donde ves a veces esa leche blanquecina salir así.
Después de un rato, Emma Lee toma con su propia mano mis dedos aún dentro de su vagina y los saca suavemente.
Luego rasga una toallita húmeda, aún en su envoltorio de plástico, sobre la mesa, y me limpia la mano con cuidado.
Con toda devoción...
Bajo la luz roja, el cuerpo desnudo de una mujer con barriga flácida no es especialmente bello.
Pasa la toallita húmeda entre sus piernas de un solo movimiento, luego otra toalla la usa varias veces más,
peina el vello púbico como si lo cepillara, lo seca, y me mira sonriendo radiante.
—Cariño, perdóname...
—¿Perdonarte? ¿Por qué?
—Hacía tanto que no lo hacía... Estuvo demasiado bueno...
—Si ni siquiera lo hicimos bien...
—No... Mi cuerpo volaba...
—Uf... tengo sed...
Lleno un vaso con cerveza y me lo bebo de un trago.
—¿No bebes tú?
—Sí... también me costó, así que debo beber...
Me bebo de un trago la cerveza que me sirve.
—Cariño, aperitivo...
—¿¿¿???
Me ofrece riendo su pezón izquierdo...
Sonrío, enciendo un cigarrillo.
Ella lo arrebata rápido, lo tira sobre la mesa, gira el cuerpo y comienza a quitarme la ropa.
Levanto los brazos, pero digo:
—¿Qué pasa? ¿Ya acabaste?
—¿Qué dices? Tú...
—...
Me quita la parte de arriba y la lanza sobre otra mesa, luego me baja los pantalones mientras me incorporo torpemente. Calzoncillos incluidos.
No sé cuándo se agachó, pero ya tiene mi pene erecto en la boca.
Con una mano agarra la base y lo chupa con movimientos de vaivén, haciendo ruido.
Cuando sus dientes rozan la punta, una corriente eléctrica me sube desde los pies.
Mis piernas tiemblan.
Con la otra mano acaricia mis testículos flácidos, colgantes.
Si aprieto con los dedos, el dolor punzante se transforma en placer.
—No sigas mucho más... Si no, voy a correrme en tu boca.
—Corrétete si quieres. Corrétete todo lo que quieras...
—No, no puede ser. Está bueno, pero ¿por qué dejarlo ahora?
—Je... sea el agujero que sea, al final todos son agujeros.
—Ja... ¿Así que todos los agujeros son iguales, dices?
La punta de mi pene ya está ácida, y si sigo así, realmente me correré en su boca.
—¡Emma Lee!
—¿Qué?
—Deja de chupar y hagámoslo así.
Le aparto la cara y la levanto.
Empujo a Emma Lee, que está de pie tambaleándose, y aparto la silla que estaba pegada.
Es una silla sin reposabrazos, como las antiguas cafeterías.
Aparto las dos sillas laterales, me siento en la del centro y miro a Emma Lee, que me observa con expresión ausente, y abro los brazos como diciendo: "Ven, abrázame".
Ella entiende al instante, abre las piernas a ambos lados de la silla como montando a horcajadas y se sienta frente a mí.
Al sentarse, con naturalidad, agarra mi pene jadeante, aparta el vello denso y lo guía hacia la entrada resbaladiza de su vagina, luego baja las nalgas.
Mi pene entra sin fuerza en su vagina amplia.
Aun así, la cabeza roza los testículos internos, y me pica la punta.
—Hum... uh... uh.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí... Bien. Pero es demasiado grande...
—¿Un poco?
—¿Y qué hacemos entonces?
—¿Qué hacemos? A mí me gusta...
—¿Quieres que te vea la cara y te chupe los pechos?
Le sostengo las nalgas con ambas manos, las muevo adelante y atrás, y le ofrezco mis labios. Ella abre la boca y se une a mí.
Bocas superpuestas.
Lenguas enredadas.
Chupamos nuestras propias saliva, entrelazamos las lenguas.
Nuestros alientos chocan, hacen ruido.
Emma Lee separa primero los labios.
—Cariño... ¿te gusta?
—Sí... claro que sí...
—Ca... riiño... despacio... otra vez me gusta...
—De... acuerdo...
—Ca... riiño... hazlo un poco más fuerte...
—¿Eh?
Se levanta, elevando las nalgas.
Mi pene sale resbaladizo de su vagina.
Emma Lee gira rápido sobre sí misma y se sienta al revés.
Luego, levantando las nalgas, baja la cabeza para mirar, agarra mi pene, lo alinea con su vagina y se hunde completamente.
Después, con ambas manos presiona mis pies, flexiona las piernas y se echa hacia delante. Su gran agujero vaginal se estrecha,
y cada vez que levanta y baja las nalgas, siento como si me chuparan profundamente.
Como si lo masticara con fuerza.
¿También domina estas técnicas, Emma Lee?
Aun así, es incómodo.
La silla tiene ángulo, así que mi pene no entra del todo,
solo se mueve en el centro, y la frustración me mata.
Levanto un poco las nalgas y sale un ¡crac! Mi pene sale fuera.
Guío con la mano el cuerpo de Emma Lee, que está de pie tambaleándose, le hago coger la silla y tumbarse boca abajo.
Me coloco detrás y miro sus nalgas anchas.
Tiene tanto vello púbico que incluso el ano está cubierto.
Sujetando la silla, con el trasero levantado,
su vagina iluminada por la luz roja se ve oscura, casi negra, y el líquido brillante que gotea parece sangre.
—Ca... riiño... ¿qué... estás... haciendo?
—¿Eh? Sí... eh...
Respondo torpemente, agarro mi pene hinchado, lo froto unas cuantas veces de abajo arriba,
y de un solo movimiento lo meto de golpe entre sus labios vaginales abiertos y rojos.
Los gemidos de Emma Lee comienzan de nuevo.
Aunque lo hago de vez en cuando, en momentos así es demasiado intenso.
Entrar y salir, pero no siento nada.
Emma Lee ahora controla perfectamente, agarra sus propios tobillos, enrolla el cuerpo como una bola y gime.
Sus pechos caídos se agitan violentamente, como si fueran a soltarse.
Ve el ano moverse, se ve completamente negro.
Con el dedo índice derecho, toco ligeramente el ano.
Sensible, sacude las nalgas.
Metido el dedo con mucha saliva, lentamente lo introduzco en el ano.
Lo saco después de meterlo un poco y lo acerco a la nariz.
No huele a nada.
Unto bien el dedo con el abundante líquido vaginal debajo de su vagina, lo vuelvo a colocar y meto de golpe.
La espalda de Emma Lee se dobla.
—¡Ay, madre... qué haces, cariño... duele!
—...
No digo nada, meto el dedo completamente y lo bajo para presionar mi pene que entra y sale.
Los gemidos de Emma Lee cambian de dolor a placer, el tono suena distinto.
Gimiendo, murmurando, las nalgas se mueven temblando.
Muevo el dedo suavemente de atrás adelante.
Escupo saliva resbaladiza directamente en el ano de Emma Lee.
Luego saco el dedo y detengo el movimiento.
Saco mi pene de la vagina, chorreando líquido, lo alineo con el ano,
le rodeo la cintura carnosa con ambos brazos, empujo hacia delante y meto de golpe mi pene.
Al principio parece ajustado, pero de repente entra.
Emma Lee, doblada como un arco, se levanta de golpe, y sus manos van hacia atrás.
Las manos vuelven, empujan mi abdomen, pero ya está profundamente dentro...
Durante mucho tiempo mantengo el vientre pegado a sus nalgas, moviéndome lentamente.
Suelto un brazo de su cintura, con esa mano busco su vagina, toco el clítoris y lo giro con la punta del dedo.
Emite sonidos extraños, una mano vuelve, toca mi pene que entra y sale por su ano, luego vuelve.
Sus nalgas gordas hacen clap, clap.
Recobrando la conciencia del agarre apretado, siento un hormigueo en la punta.
Suena como un aplauso en las nalgas de Emma Lee.
Finalmente, tras mucho aguantar, mi pene libera su contenido.
Zzz... zzz... Como si la uretra se rompiera, una gran cantidad de semen se derrama profundamente en el interior de su ano.
Antes de que termine de correrme la última gota,
Emma Lee gira rápidamente, se sienta en la silla y me agarra la cabeza, metiéndomela en su vagina.
—Ca... riiño... yo... me... muero...
Se tumba de espaldas en la silla, las nalgas sobre el asiento, la cabeza en el suelo.
Me presiona la cara contra su vagina y forcejea.
Su espalda arqueada como un arco salta una y otra vez.
Metiendo tres dedos en su vagina abierta, muerdo su clítoris con los dientes.
—¡Madre mía, me muero...! Ay, Dios... uh.
Grita como si el techo del sótano fuera a derrumbarse, y Emma Lee alcanza su segundo orgasmo.
Empuja mi cara, que frotaba sin piedad contra su vagina, y también empuja mi mano dentro de ella.
Solo su cuerpo arqueado como un arco permanece tendido, inmóvil, como muerto.
Pasado un buen rato, Emma Lee se levanta.
Todavía agachado frente a su vagina, me agarra la cara, junta sus labios con los míos,
me abraza con fuerza, como si quisiera romperme.
Luego, aún con la respiración agitada, murmura:
—Gra... cias, cariño...
—¿Qué dices?
—Si los dos lo hemos pasado tan bien, con eso basta... ¿para qué dar las gracias?
—Aun así... hum... uf... uf...
Suelta los brazos que me abrazaban, me empuja para que me levante.
Emma Lee amablemente limpia mi pene flácido.
Recogemos la ropa tirada sin orden, nos vestimos,
y como al principio, nos sentamos juntos, bebemos la cerveza que queda,
y salimos juntos del café subterráneo.
Nos miramos, sonreímos tímidamente,
nos despedimos así, y en el taxi de regreso a casa, miro la lluvia otoñal que cae tras la ventanilla.